
Persigo la alegría,
la busco en los rincones del alma,
en los pequeños milagros de la vida,
en esos instantes fugaces
que prometen devolverme la calma.
La busco como sustituta de la felicidad,
como quien busca una luz
cuando la noche se vuelve eterna,
como quien aprende a sonreír
aunque por dentro el corazón se quiebra.
Pero la alegría se esconde
detrás de las lágrimas,
se refugia en los silencios,
en las heridas que no cierran,
en los recuerdos que todavía duelen
y en las palabras que nunca llegaron.
A veces creo tenerla cerca,
la siento rozarme el pecho,
como una brisa tibia en invierno,
pero cuando intento abrazarla,
se desvanece entre mis dedos
y vuelve a esconderse en mis adentros.
Y sigo buscándola…
sin saber si algún día la encontraré,
si vendrá vestida de esperanza
o si tendré que aprender a reconocerla
en medio de todo aquello
que alguna vez lloré.
Quizá la alegría no sea
la ausencia de tristeza,
ni la felicidad un lugar
donde jamás duela la vida.
Quizá la alegría sea esa pequeña llama
que se niega a morir en mi pecho,
esa lágrima que, al caer, me recuerda
que aún siento, que aún sueño,
que todavía hay algo en mí
que no se ha rendido al sufrimiento.
Y tal vez, después de tanto buscarla,
comprenda al fin su secreto:
que la alegría no siempre llega
cuando las lágrimas se han ido;
a veces florece entre ellas,
en el corazón cansado,
que a pesar de todo,
Sigue apostando por la vida





