Por Gonzalo Navarrete Muñoz

Si no tardas mucho, amor mío,
te guardaré un lugar en mi pecho,
dejaré encendida una luz en mi alma
y un sueño latiendo bajo mi techo.
Te esperaré en las tardes de lluvia,
en las noches que no sepan terminar,
en cada canción que pronuncie tu nombre
y en cada suspiro que te quiera encontrar.
No importa si el tiempo se vuelve infinito,
si los días se olvidan de florecer,
si la luna envejece en el cielo
o si el mundo deja de creer.
Yo te esperaré sin hacer ruido,
como espera la tierra la lluvia del cielo,
como esperan las flores la primavera,
como espera un corazón su anhelo.
Pero, por favor, no tardes demasiado,
que aunque mi amor no conozca el final,
también hay lágrimas que pesan en silencio
y noches que duelen por no verte llegar.
Porque amarte no es contar los minutos,
ni medir los inviernos que habré de pasar;
es saber que, si al final vienes a mis brazos,
cada segundo habrá valido esperar.
Y si alguna vez preguntas cuánto te amé,
no busques respuestas en el calendario:
mira las huellas que dejó tu ausencia
y sabrás que mi amor fue extraordinario.
Si no tardas mucho, te esperaré toda la vida;
pero si tardas una eternidad,
quizá me encuentres convertido en recuerdo,
con el mismo amor… y un último suspiro de soledad.
Porque hay amores que no saben rendirse,
que no entienden de orgullo ni de despedidas;
amores que, aun cuando el corazón se les rompe,
siguen esperando…
por si el amor de su vida regresa algún día.