Nací con un relámpago en la lengua
y una herida de cielo entre las manos.
Desde la tierra,
el Sol me mira como un dios antiguo,
y yo —pequeño, temerario—
le respondo levantando mis alas.

Quiero subir.

Subir hasta donde el azul
se vuelva incendio,
hasta quebrar la última frontera
que separa al hombre de su sueño.
Quiero beber la luz
aunque tenga sabor a ceniza.

Sé que el Sol no perdona.
Sé que sus dedos de fuego
pueden deshacer mis alas,
convertir mis plumas en humo
y mi nombre en una sombra sobre el aire.

Pero hay sueños
que no caben en la tierra.

Por eso vuelo.

Cada latido es un peldaño,
cada palabra, una pluma arrancada al viento.
Abandono abajo
la casa, el miedo, la sombra,
todo aquello que quiso decirme
hasta dónde podía llegar.

Quiero ser mi Primero Dueño:
dueño de mi caída,
dueño de mi fuego,
dueño de esta voz
que prefiere quebrarse en el cielo
antes que vivir encadenada al suelo.

Y si mis alas arden,
que ardan.

Que el fuego escriba sobre mi piel
la última palabra de mi vuelo.
Que mi ceniza suba todavía,
ligera como un secreto,
hasta perderse en la boca del Sol.

Porque quizá vencer
no sea tocar la luz,
sino atreverse a buscarla
sabiendo que puede quemarnos.

Y yo seguiré subiendo,
con el corazón abierto como una ventana,
hacia ese incendio dorado
que desde siempre
me llama por mi nombre.