
Cuando la noche cierre sus puertas
y mi voz se vuelva polvo entre los siglos,
cuando el tiempo, con sus manos de ceniza,
borre las huellas de mi paso,
habrá algo que no podrá llevarse:
el fuego que dejaste ardiendo en mí.
Podrá romperse el cuerpo,
caer la sangre en el silencio,
apagarse lentamente la mirada;
pero no podrá la muerte
desatar este nudo de luz
que tu nombre hizo en mi pecho.
Seré ceniza, sí,
pero ceniza enamorada;
un último rescoldo
escondido bajo la noche,
una brasa que se niega
a aprender el idioma del olvido.
Y cuando mi corazón,
ya lejos de sus latidos,
duerma bajo la tierra,
mi amor seguirá buscando el tuyo,
como un río que, aun sin agua,
recuerda el camino hacia el mar.
Porque amarte no fue solamente
tenerte entre mis brazos,
sino entregarte una parte de mi eternidad.
Y aunque la muerte cierre mis ojos,
aunque el tiempo destruya mi nombre,
mi amor seguirá pronunciándote.
Si algún día todo termina,
si el mundo se queda sin estrellas
y la noche cubre nuestras sombras,
yo volveré a ti en el último pensamiento,
en la última chispa de mi alma,
en ese lugar donde ni la muerte
puede separar a quienes se amaron.





