
Por Gonzalo Navarrete Muñoz
Persigue el hombre un nombre inalcanzable,
promesa luminosa;
la llama felicidad, dorada rosa
que parece tangible.
La sueña en la riqueza,
en la gloria, en el beso compartido;
mas cuando cree tenerla entre las manos,
se vuelve aire perdido.
Jamás reposa el alma;
si alcanza una cumbre, otra la reclama.
La dicha prometida
retrocede ligera,
como el sol que en la tarde se derrama
y nunca espera.
Así la vida entera
se consume en la búsqueda constante
de un ideal brillante,
que seduce y engaña.
No vive quien se obstina
en atrapar un gozo permanente;
olvida que la pena y la alegría
dialogan frente a frente.
Tal vez la dicha habita,
callada y sin proclamas,
en la sencilla calma de un instante,
en el pan compartido,
en la mirada limpia de un amigo,
en el deber cumplido.
Mas quien la vuelve un ídolo absoluto
la pierde en su obsesión;
porque hace del deseo un nuevo yugo,
y del anhelo, prisión.
Feliz no es quien persigue una quimera,
sino quien, sin cadenas,
acepta que la vida es pasajera,
con sus luces y penas.





