Por Gonzalo Navarrete Muñoz

El hombre dio a la sombra nombre y peso,
contó la luz,
midió la sal del mar y su embeleso,
la noche y su quietud.

Forjó con mente audaz cada guarismo
para ordenar
el vasto laberinto de sí mismo
y el mundo descifrar.

Mas la cifra, paciente y silenciosa,
creció en poder;
ya no fue sierva dócil y armoniosa,
sino ley que obedecer.

Pesó la dicha en frías cantidades,
tasó el amor,
vendió los sueños, contó las voluntades
al precio del valor.

El tiempo fue una cuenta inagotable,
la vida, un saldo;
cada minuto, número implacable
reclamando su pago.

Ya no miró los rostros: vio porcentajes;
ni el corazón:
vio estadísticas, índices, engranajes,
fría clasificación.

Y así quedó la humana inteligencia,
que quiso ser señor,
presa de su magnífica obediencia
a un cálculo mayor.

¡Qué extraña suerte! Aquel que hizo el número
para mandar,
terminó bajo el yugo de su imperio,
aprendiendo a contar…
sin saber ya vivir ni contemplar.