
Después de tantos años,
cuando el tiempo ya había puesto
su polvo sobre las cosas,
abrí un cajón olvidado.
No buscaba nada.
Tal vez buscaba tu sombra,
que es otra forma, mujer,
de buscar lo que se ha ido.
Y allí estaba tu letra,
pequeña, temblando acaso,
como una hoja en el viento
que se resistiera al árbol.
Decías: «Sé que no quieres
escuchar esta palabra,
pero tengo que decirla:
gracias».
Y al leerla,
sentí que volvías a mí
desde aquel lejano invierno
en que la muerte esperaba.
Hablabas de aquella enfermedad,
fea, poderosa,
destructiva y fatal;
de cómo el dolor, a veces,
nos enseña a mirar.
Y dabas las gracias
por mis manos sobre tu frente,
por mis noches sin sueño,
por mi miedo,
por mi angustia,
por mis enojos también,
por mi lucha inútil
contra aquello que no podía vencer.
Pero entre todas tus palabras
había una que aún me duele:
«Eres el puntal
del que yo me agarro
con uñas y dientes».
Y entonces comprendí
que mientras yo creía salvarte,
eras tú quien me salvaba
dándole un sentido
a mis días.
Decías que yo era
la única persona
que te daba paz,
seguridad y certeza.
¡Qué extraña palabra, certeza,
cuando la muerte ya rondaba
a unos pasos de tu cama!
Y luego escribiste,
con esa manera tuya
de convertir el miedo en ternura:
«He conocido a una pareja
que se crece como por arte de magia
y se convierte en lo que necesito:
enfermero,
psicólogo,
amigo,
confesor
y guía espiritual».
Leí despacio.
Y por primera vez,
tantos años después de perderte,
no sentí que la muerte
te hubiera llevado del todo.
Porque estabas allí,
en cada palabra,
en cada letra inclinada,
en aquel humilde «gracias»
que el tiempo había guardado
para entregármelo hoy.
Yo pensé que te cuidaba.
Tú sabías que nos cuidábamos.
Yo pensé que caminábamos
hacia el mismo final.
Y ahora sé
que el amor es eso:
seguir siendo camino
cuando el otro ya se ha ido.
Desde entonces,
cuando cae la tarde
y la casa se queda en silencio,
vuelvo a leer tu carta.
Y ya no me parece una carta.
Me parece tu voz
cruzando los años.
Me parece tu mano
buscando la mía.
Me parece que me dices,
desde el otro lado del tiempo:
«Gracias».
Y yo, que llego tarde
a todas las respuestas,
te contesto al fin:
Gracias a ti, mujer,
por haberme enseñado
que amar no es vencer a la muerte,
sino quedarse en el corazón
cuando todo lo demás
se ha ido.





