Llegué hasta ti, Antonio,
por un camino de olivos y de viento,
con la tarde inclinándose despacio
sobre la piedra humilde de tu sueño.

Venía a pedirte perdón.
No sé si por mí,
por España,
por los hombres,
o por la vida misma
que a veces hiere sin saber por qué.

Te imaginé caminando hacia la frontera,
con la tristeza al hombro
y una madre de la mano.
Detrás quedaba España,
la tierra de los campos amarillos,
de los álamos junto al río,
de los días que ya no volverían.

Y tú marchabas sin patria,
como quien pierde un camino
cuando todavía lo está andando.

Habías conocido el amor
y conociste después su ausencia.
Leonor se quedó en Soria,
bajo la tierra joven de la primavera,
y desde entonces tu corazón
aprendió a hablar con los muertos.

Quizá por eso mirabas tanto los caminos:
porque todo camino termina
cuando alguien que amamos
ya no puede acompañarnos.

Luego vino el exilio,
la frontera,
la lluvia,
los pasos cansados de tu madre,
y aquel último paisaje
que no era el tuyo.

Collioure.

Qué extraño destino
para un hombre que amó tanto
los campos de Castilla:
morir junto a otro mar,
lejos de aquellos caminos
que guardaban tu infancia.

Dicen que moriste allí,
cansado y pobre,
con España todavía en los ojos.

Yo he venido hasta tu tumba
muchos años después,
cuando ya nadie puede devolverte
la casa,
la patria,
la juventud,
ni el tiempo.

He venido solamente
a decirte una palabra
que quizá llega demasiado tarde:

perdón.

Perdón por lo que la vida te hizo.
Por lo que hicimos los hombres.
Por aquella España rota
que obligó a tantos
a caminar hacia ninguna parte.

Perdón por Leonor,
por tu madre,
por tus últimos pasos
bajo un cielo que no era el tuyo.

Y mientras dejo mi silencio
sobre tu piedra,
comprendo que quizá
nunca te fuiste del todo.

Porque hay hombres que mueren
y dejan solamente un nombre.

Pero tú dejaste caminos.

Y todavía caminamos por ellos.