
Aquiles, hijo del agua y de la aurora,
casi no era un hombre. En su figura
la breve eternidad de los dioses
había concedido al bronce su locura.
Una madre lo quiso invulnerable
y el río le negó su mortalidad;
pero el destino, que es innumerable,
guardó una cifra para la verdad.
No fue Héctor, ni un rey, ni un guerrero
quien halló la manera de abatirlo.
No fue la espada del más diestro,
ni el valor de quien pudiera igualarlo.
Fue Paris.
El más torpe entre los hombres
que ciñeron una espada en Troya;
aquel que acaso temblaba ante la sangre
y prefería el lecho a la gloria.
Dicen que alzó el arco por azar.
Quizá no supo bien lo que buscaba.
Apuntó a la espalda del guerrero,
como quien lanza una pregunta al aire.
Y ocurrió lo imposible.
La flecha, obedeciendo a una antigua
geometría que ningún hombre entiende,
despreció la carne innumerable
y buscó el único lugar que puede herirle.
El talón.
Ese pequeño sitio del universo
que los dioses habían dejado abierto,
quizá porque ninguna eternidad
puede ser completa sin un defecto.
Así murió Aquiles.
No por la fuerza de su enemigo,
sino por la precisión del azar;
no por la gloria de un hombre,
sino por la torpeza de Paris.
Y tal vez los dioses, desde lejos,
sonrieron al ver cumplido el destino:
que el hombre más invencible de la historia
fuera vencido por el menos guerrero.
Desde entonces sabemos que la muerte
no elige al más digno ni al más fuerte.
A veces aguarda, minúscula,
en el lugar que olvidamos proteger.
Y Aquiles, que casi fue eterno,
descubrió al morir una verdad sencilla:
que basta un punto, perdido entre infinitos,
para que hasta un dios se parezca a un hombre.





