
Nadie recibe un mapa al abandonar la infancia.
Hay apenas un umbral,
una puerta que ignorábamos abierta,
y el rumor de unos pasos
que acaso sean los nuestros.
El mundo no reclama vencedores.
Le basta un hombre
que acepte el peso de su nombre
como el árbol acepta la sombra
o el río la obstinación del mar.
Cada jornada propone una batalla
que no figura en los anales:
dominar el miedo,
ser justo cuando nadie observa,
perdonar la antigua injuria,
persistir cuando el espejo
insinúa la derrota.
No hay otro héroe posible.
Aquiles pertenece a los poemas,
Ulises a la memoria de las islas,
pero el rostro que el destino examina
es el que cada mañana
devuelve el cristal.
Quizá toda vida sea un libro
escrito con una tinta invisible
que sólo el último día
revela su dibujo completo.
Entonces comprenderemos
que las victorias memorables
fueron silencios vencidos,
renuncias aceptadas,
lealtades que nadie celebró.
Tal vez el universo,
con sus innumerables noches
y sus astros indiferentes,
no espere de nosotros la gloria,
sino el humilde coraje
de no abandonar la propia senda.
Porque todo hombre,
antes o después,
es llamado por una voz sin nombre
a ocupar el centro de su historia.
Y nadie puede responder por él.





