
No sé si el mundo sueña o si recuerda;
camino entre sus mármoles de ayer.
Cada jornada añade a la memoria
un rostro que se niega a perecer.
El tiempo, ese paciente biblioteco,
ordena cuanto olvida el corazón;
cada alegría escribe su reverso,
cada victoria exige una abolición.
Hay un espejo oculto en cada herida:
devuelve lo que fuimos al mirar.
Quien nunca conoció la sombra intacta
ignora lo que cuesta despertar.
Tal vez vivir no sea una conquista,
sino aprender el arte de perder.
El dolor es la cifra de los días,
la secreta moneda del ser.
Y cuando el último reloj se calle,
y el nombre vuelva al polvo y al olvido,
sabremos que el dolor no fue castigo,
sino el precio invisible de haber sido.





