Por Gonzalo Navarrete Muñoz

 

Habré de llegar hasta ti, cazador;
porque la noche conoce mi nombre.
Y dijo la tierra: «Levántate y anda;
la espiga recuerda la voz de la aurora».

No huirá mi paso del arco tendido,
ni el hierro sellará mi destino;
el río pronuncia secretos antiguos,
y el viento los lleva vestidos de fuego.

Yo soy el que cruza desiertos sin sombra,
el hijo del alba que vuelve cantando;
benditas las manos que siembran la espera,
malditas las redes que niegan el cielo.

Habré de llegar hasta ti, cazador;
no como la presa que inclina la frente,
sino como el ciervo que acepta el relámpago,
sino como el cedro que abraza la lluvia.

Y cuando me mires, conocerás esto:
que nadie da caza a la voz del Espíritu;
pues antes del arco ya estaba la senda,
y antes del juicio florecía el olivo.