
Por Gonzalo Navarrete Muñoz
La luna cuelga despacio
sobre el patio de los muertos,
blanca como una herida
que no recuerda su nombre.
Un cuchillo duerme solo
junto al pozo de la noche.
Tiene frío en la hoja
y sangre soñada en el filo.
—¿Quién llama?— dice la luna.
—Nadie— responde el viento.
Pero un caballo de sombra
golpea la tierra con miedo.
Por los tejados camina
una mujer sin rostro,
con un ramo de silencio
apretado contra el pecho.
La muerte viene cantando
por una calle sin puertas.
Trae los ojos apagados
y un pañuelo de ceniza.
El cuchillo se despierta.
Tiembla la noche.
La luna baja del cielo
para mirarlo de cerca,
y entre los dos queda un cuerpo
que todavía no ha caído.
Después,
solo se escucha un gallo
partiendo la madrugada.
Y la luna, lentamente,
se lava las manos
en el agua negra del pozo.





