La vida es una lámpara indecisa,
un resplandor que tiembla entre los dedos,
un nombre que la noche va borrando
con la paciencia de quien nunca olvida.

Creemos que vivimos. Es un sueño
que dura lo que dura una palabra.
Un día somos alguien en un espejo;
al otro, apenas somos lo que fuimos.

La muerte, en cambio, no conoce dudas.
No necesita relojes ni memoria.
Es una piedra antigua, irrevocable,
que espera desde antes de nosotros.

Quizá la muerte sea más verdadera:
no cambia, no promete, no recuerda.
Es sólida como el mármol de una tumba,
como el silencio después de nuestro nombre.

La vida es frágil porque acontece;
porque puede perderse a cada instante.
La muerte es sólida porque ha sucedido
desde el momento mismo en que nacemos.

Y, sin embargo, hay algo que persiste:
esta breve costumbre de estar vivos,
este asombro de abrir los ojos
sabiendo que la noche nos espera.

Tal vez vivir consista solamente
en demorar, con dignidad, la sombra;
en darle al tiempo un rostro, una memoria,
y al polvo la ilusión de ser eterno.