He vuelto a un libro que ya había leído.
No era el mismo libro.

Las palabras, desde luego,
guardaban el orden de otros días;
la misma página ofrecía
el mismo nombre, la misma sentencia,
y sin embargo algo había cambiado.

Tal vez el libro era yo.

La primera vez busqué en sus páginas
una respuesta que ignoraba necesitar.
Años después encontré otra,
que no estaba allí entonces
o que entonces no supe leer.

El libro no envejece.
Envejece el lector,
y con él envejecen las palabras.

Una frase que fue consuelo
puede ser después una amenaza;
un párrafo oscuro,
que juzgamos inútil,
puede abrir de pronto una puerta
hacia una habitación que no sabíamos nuestra.

He comprendido, al releer,
que ningún libro termina
cuando cerramos sus tapas.

Queda aguardando.

Como esos muertos que Borges imaginó
capaces de conversar todavía
en alguna biblioteca infinita,
el libro espera que regresemos
con otra edad,
con otra tristeza,
con otra forma de mirar.

Quizá leer sea eso:
volver a un lugar
que nunca estuvo en el mundo
y descubrir que ha cambiado.

O descubrir, con más temor,
que quien ha cambiado
es aquel que sostiene el libro.

Y que en cada relectura
no buscamos el libro perdido,
sino al hombre que fuimos
cuando lo leímos por primera vez.