
Oh, Borges, artesano de la sombra,
habitante de espejos y de laberintos,
ciego que vio más lejos que los ojos,
y en la noche encontró infinitos.
Te nombraron los patios de Palermo,
la vieja biblioteca, el sur, la espada,
y en cada calle humilde de la tarde
dejaste una memoria inacabada.
Fuiste el hombre que buscó en “El Aleph”
el universo entero en un instante;
viste la eternidad caber en un punto,
la inmensidad temblando ante el semblante.
Y en “La Biblioteca de Babel”,
alzaste un universo de anaqueles,
donde todos los libros son posibles
y el hombre busca a Dios entre papeles.
Nos diste “Funes el memorioso”,
condenado a no olvidar nada,
porque recordar cada detalle
es también perder la madrugada.
Y en “El jardín de senderos que se bifurcan”,
hiciste del tiempo un laberinto,
una infinita trama de caminos
donde cada elección abre otro infinito.
Oh, Borges, cuántos mundos en tus cuentos,
cuántos espejos detrás de cada espejo;
“El Sur”, “La muerte y la brújula”,
“El inmortal”, “La casa de Asterión”:
cada relato, una puerta;
cada puerta, otra pregunta.
Pero también cantaste en tus poemas.
En “Poema de los dones”, agradeciste
la extraña ironía de los libros:
a ti, que amabas la luz de las palabras,
te fueron dados libros y tinieblas.
Cantaste a “Las cosas”,
a la memoria, al tiempo y a los nombres;
a “El remordimiento”,
a las calles, los antepasados,
a ese pasado que regresa
cuando creíamos haberlo perdido.
Y en “Arte poética” nos enseñaste
que la poesía no es sólo palabra:
es río que se mira en otro río,
es tiempo que se contempla en su propia cara.
Borges,
tu obra parece un espejo interminable:
quien la mira se encuentra y se pierde,
porque tus palabras no concluyen;
abren puertas.
Tal vez escribiste para encontrarte
en el laberinto de los siglos,
para conversar con Homero y con Dante,
con Shakespeare, con Cervantes, con los muertos,
con todos los que alguna vez soñaron
que el universo podía ser contado.
Y acaso fuiste tú también un personaje,
un nombre perdido entre tus páginas,
un hombre que caminó hacia el Sur
buscando, como todos,
la secreta forma de su destino.
Oh, Borges,
ciego de ojos, infinito de memoria,
señor de espejos, tigres y laberintos:
tu voz permanece cuando callan los libros.
Porque acaso la literatura sea eso:
una conversación que nunca termina,
un sueño que otro hombre vuelve a soñar.
Y mientras exista alguien que abra un libro,
mientras un lector se pierda en un laberinto,
mientras alguien busque un punto en la eternidad,
tu nombre seguirá pronunciándose
como una contraseña hacia el infinito.
Borges:
hombre, sombra, sueño,
biblioteca y espejo.
Borges:
el que hizo de la palabra
un modo de tocar lo imposible.





