
Por Gonzalo Navarrete Muñoz
Mérida guarda un siglo entre sus piedras,
de cal, de mármol, hierro y elegancia;
los patios aún conservan sus memorias
y el sol dora su antigua arquitectura.
Frontones que se cierran sobre puertas,
y otros abiertos hacia el firmamento;
triangulares, severos, armoniosos,
o redondos, de noble movimiento.
Columnas corintias, florecidas,
sostienen el orgullo de los patios;
sus capiteles alzan hojas verdes
en piedra, como un jardín petrificado.
Macetones custodian las entradas,
y pebeteros velan los portales;
escalinatas de mármol ascienden
con solemnidad de antiguos altares.
La almohadilla marca las fachadas
con sombras que dibuja el mediodía;
y ventanas lucarnas, allá arriba,
despiertan bajo el cielo su mirada.
Mansardas raras, casi inesperadas,
coronadas de pizarra gris y fría,
parecen traer de lejos otros aires
a esta ciudad de piedra y luz mestiza.
Y Mérida conserva en sus balcones
la voz de un siglo pródigo y sereno;
cada moldura guarda una historia,
cada portal, un eco del pasado.
Camina el sol sobre sus viejas calles,
enciende los relieves de las casas;
y el siglo XIX, dormido en ellas,
renace cuando el día las abraza.





