
Hay un hijo que habita la distancia,
no en la casa, ni en el tiempo, ni en mis brazos,
sino en ese lugar secreto de la sangre
donde el olvido nunca aprende a entrar.
No sé qué sueños lo visitan,
qué música acompaña sus noches,
qué nombre tiene ahora su tristeza
ni quién le dice que mañana será mejor.
No hablamos.
Entre nosotros creció un silencio
más antiguo que cualquier palabra,
un muro sin ladrillos
que nadie supo derribar.
Pero cada día, sin llamarlo,
mi pensamiento encuentra su rostro.
A veces basta una calle, una canción,
la sombra de un muchacho al otro lado de la tarde,
para que vuelva a dolerme el corazón.
Quizá él no lo sabe.
Quizá piensa que el silencio es olvido,
que la ausencia es una forma de muerte.
Pero hay ausencias que son más fieles
que la presencia de los hombres.
Yo sigo llevando su nombre
como quien guarda una llave
de una puerta que ya no existe.
Y si alguna noche, sin saber por qué,
siente una tristeza que no le pertenece,
tal vez sea mi corazón,
que ha cruzado la distancia
para decirle, en secreto:
hijo,
aunque no te vea,
aunque no te hable,
aunque los años nos hayan vuelto extraños,
hay un lugar en mí
donde todavía eres niño,
y donde te pienso cada día.
Y ese lugar,
nadie podrá quitármelo.





