Hay sucesos que apenas
se detienen en la vida:
una campana lejana,
una mirada perdida,
un instante que se apaga
como una luz encendida.

Hay otros que duran horas,
bajo la tarde dorada,
mientras el reloj desgrana
su lenta canción de sombra;
y cuando llega la noche,
ya no queda casi nada.

Hay días que dejan huella
como lluvia sobre el barro;
parecen breves al alba
y eternos cuando han pasado.
Los lleva el tiempo consigo,
pero no el corazón humano.

Y hay sucesos —¡ay, los hay!—
que no conocen el tiempo:
se quedan junto a nosotros
como un árbol en silencio.
Pasan los años, las lluvias,
los inviernos y los sueños.

Cambia el camino y la casa,
cambia el rostro en el espejo;
se van los viejos amigos,
se aleja el rumor del pueblo,
y aquel instante lejano
sigue viviendo por dentro.

Porque el tiempo no es quien manda
sobre todo lo vivido:
hay minutos que son siglos
y siglos que son olvido.
Y hay un momento en la vida
que dura toda la vida.