
Por los caminos secos de la tierra,
bajo un cielo de cobre y de silencio,
iba un niño llevando entre sus manos
la luz sencilla de un firme pensamiento.
No llevaba riquezas ni laureles,
ni espada de metal, ni orgullo vano;
llevaba solamente una certeza
que le ardía muy dentro, como un fuego humano.
José era sólo un niño.
Pero hay niños que saben, desde el alba,
que la vida no es sólo pasar días,
sino escoger un rumbo con el alma.
Y escogió.
Cuando la noche vino con sus sombras,
cuando el miedo llamó detrás del muro,
él no volvió los ojos al camino
ni hizo de su esperanza un sueño oscuro.
—¿Qué vale un corazón, si no es sincero?
¿Qué vale la verdad, si se abandona?
Hay convicciones que sostienen vidas
cuando todo alrededor se desmorona.
Y caminaron con él hacia el martirio,
por senderos de polvo y de tristeza;
pero el niño llevaba entre los labios
una canción más fuerte que la muerte.
Cruel fue la mano que hirió su carne,
cruel la senda que sus pies siguieron;
mas no pudieron arrancarle el alma,
ni apagar la verdad que defendieron.
Porque un ideal no muere con el hombre,
ni una convicción se entierra con los huesos;
queda andando después por otros pasos,
como una voz perdida entre los ecos.
Y cuentan que aquel niño, ya sin fuerzas,
miró la tierra, el cielo y la distancia;
y que en sus ojos, frente al sufrimiento,
no pudo la violencia vencer la esperanza.
José Sánchez del Río, niño y mártir,
tu juventud quedó sobre la historia
como una pequeña llama en noche inmensa,
como una humilde cruz llena de gloria.
Hoy pasa el viento sobre los caminos,
y acaso nadie escuche sus pisadas;
pero hay silencios que parecen decirnos
que hay almas que no mueren, aunque sean quebradas.
Fue niño, sí.
Y en eso está el misterio:
que un corazón tan joven comprendiera
que vivir por aquello que se ama
es darle a la existencia su manera.
No fue la fuerza quien lo hizo invencible,
ni el odio quien sostuvo su memoria:
fue la certeza humilde de quien sabe
que una vida entregada puede hacerse historia.
Y así quedó José sobre el camino,
con su cruz, con su fe, con su mirada;
un niño que encontró, frente a la muerte,
la eternidad detrás de una jornada.
Que no se olvide, pues, su nombre santo.
Que no se pierda el eco de su vida.
Porque hay ideales que, aun naciendo en niños,
pueden ser luz cuando la noche es fría.
Y cuando el hombre dude de su rumbo,
cuando parezca inútil la esperanza,
tal vez recuerde al niño de Sahuayo
que caminó hacia Dios sin dar la espalda.
Entonces comprenderá que no hay camino
si el corazón renuncia a su verdad;
y que a veces un niño, con su ejemplo,
puede enseñarnos cómo caminar.





