
Por Gonzalo Navarrete Muñoz
Cuando mi cuerpo vuelva ya a la tierra,
mi alma saldrá sin peso ni lamento;
buscará la quietud de las aceras
que amó mi corazón en otro tiempo.
Irá por el Paseo de Montejo,
bajo el cielo y la dorada luz;
oirá cantar al viento entre los árboles
como quien nombra la perdida cruz.
Después llegará al barrio de Santa Ana,
donde la tarde aprende a enmudecer;
seguirá por la noble calle Sesenta,
que tantas veces me vio renacer.
Entrará silenciosa a la Universidad,
dejando entre sus muros mi memoria;
y en el Peón Contreras, con respeto,
oirá vivir el eco de la gloria.
La Plaza Principal será su puerto,
donde descansen siglos y campanas;
la Catedral alzará sus altas naves
para abrazar mis últimas mañanas.
Mirará el Palacio de Gobierno,
sus muros con la historia entretejida;
y la Casa de Montejo, inmóvil,
guardará mi fugaz sombra vencida.
Frente al Palacio Municipal antiguo,
mi nombre acaso el viento pronunciará;
y en La Mejorada, entre sus piedras,
mi soledad florida dormirá.
Irá después al barrio de San Cristóbal,
donde la fe florece en cada esquina;
cruzará San Sebastián con paso leve,
como quien vuelve al sueño que ilumina.
San Juan le ofrecerá su paz antigua,
sus calles de silencio y de jazmín;
y al fin Santiago abrirá sus brazos
como el umbral sereno del confín.
Así, cuando mi voz ya no responda
ni vuelva a despertar bajo el verano,
Mérida entera llevará mi alma
caminando despacio de la mano.
Y cuando el alba encienda sus balcones
y el cielo vista el mármol de arrebol,
mi espíritu dirá, antes del silencio:
«Aquí viví; aquí me encontró Dios.»





