
Toda teoría es gris. Lo dijo un hombre
que acaso vio en la tarde, entre los libros,
la vana geometría de los mundos.
Yo también he leído que la historia
es un espejo roto, y que los nombres
son apenas ceniza de otros nombres.
Pero hay un árbol.
No sabe de Platón ni de relojes,
ignora los sistemas y las cifras,
y, sin embargo, guarda en cada hoja
la cifra misteriosa de los días.
Su sombra no demuestra. Simplemente
cae sobre la tierra y la transforma.
Quizá la vida sea ese árbol verde
que nadie puede encerrar en una idea:
sus raíces descienden hacia un tiempo
que no recuerda el tiempo, y sus ramas
ensayan contra el cielo una respuesta
que el hombre, desde el polvo, no comprende.
Toda teoría es gris. El árbol, verde.
Y entre ambos hay un hombre que contempla,
con la secreta fe de los que dudan,
y escribe en una página perdida
que comprender la vida es otro modo
de perderla, y vivirla, de encontrarla.





