
Cenábamos con la noche por testigo,
Pita,
y el tequila encendía los silencios,
mientras el whisky, lento y dorado,
iba desatando las palabras.
Después salíamos a deambular
por calles vencidas por la madrugada,
sin rumbo,
como si la ciudad fuera un poema
que sólo ella supiera leer.
Yo caminaba a su lado,
atónito, perplejo,
frente a aquella voz que no pedía permiso,
aquel torrente de versos
que salía de su boca
con la fuerza de una campana
en mitad de la noche.
Pita Amor:
tormenta vestida de mujer,
relámpago de tacones y palabras,
orgullo, herida, fuego,
una reina extraviada
entre copas y sombras.
Y cuando declamaba,
la madrugada se quedaba quieta.
Hasta los perros parecían escucharla,
las ventanas guardaban su luz,
y yo, sin saber qué hacer con el asombro,
bebía otro trago
para entender aquella voz.
Pero no se entendía.
Se escuchaba.
Y bastaba.
Porque había en su poesía
algo de abismo y de revelación,
algo que dejaba al corazón
sin defensa.
Hoy recuerdo aquellas noches
y todavía camino con ellas:
el tequila,
el whisky,
las calles vacías,
su risa,
su voz sonora cortando el aire,
y yo detrás de Pita,
atónito, perplejo,
siguiendo a la poesía
sin atreverme a preguntarle
adónde iba.





