Aquella madrugada fría
—la tierra en sombra, el cielo sin estrellas—
la muerte abrió sus puertas amarillas
y un poeta cayó junto a ellas.

Ganó la bala su victoria breve,
ganó el silencio, oscuro y desalmado;
pero el tiempo, que todo lo remueve,
dejó al verdugo solo y señalado.

Federico, tu muerte fue una herida
que España llevó dentro, lentamente,
hasta que el alba, al cabo de los días,
fue haciendo de tu voz una corriente.

Años tardó en llegar aquella aurora
que acaso comenzó con tu agonía;
mas quien quiso apagar tu voz entonces
hizo más clara y grande tu poesía.

No venció la pistola a tu palabra,
ni el miedo pudo hacerte prisionero:
tu sangre fue la tinta de una España
que aprendió a distinguir al justo y fiero.

Y hoy, cuando el camino vuelve al pueblo
y pasa entre los olivos de Granada,
parece que tu sombra va diciendo:
«La muerte no es la última jornada».

Ganaron aquella noche los fusiles,
ganó la oscuridad por un instante;
pero en la batalla de los hombres,
tu muerte fue un triunfo perdurable.

Porque hay derrotas que se vuelven gloria,
y nombres que la muerte no destierra:
Federico, tu voz quedó en la historia
como un río de luz sobre la tierra.