
Dicen que Helena incendió la guerra
y que Eva abrió las puertas del Edén;
dos nombres condenados por la historia,
dos mujeres cargando la culpa ajena.
Desde lo antiguo se ordenó la casa:
el hombre al frente, la mujer detrás;
la voz del padre dictó los silencios
y la obediencia se llamó virtud.
Pablo trazó los límites del mundo,
puso al varón primero en la familia;
y durante siglos aquella ley
vistió de honor la antigua obediencia.
Después llegaron Ana y Emma,
mujeres de novela y de deseo;
quisieron atravesar la frontera
que la sociedad había levantado.
Pero el mundo cobró caro su atrevimiento:
el deseo femenino fue pecado,
y a ellas les tocó pagar con muerte
lo que el hombre podía vivir sin culpa.
Hasta que Ibsen abrió aquella puerta
y Nora abandonó su casa un día.
No murió por atreverse a ser libre:
su paso abrió la senda del futuro.
Mucho antes, en la Provenza,
los poetas soñaron otro reino:
hicieron del amor una elección,
un territorio donde nadie manda.
Tal vez fue el gran invento de Occidente,
después de Cristo y de su nacimiento:
comprender que el amor podía ser
una elección y no solamente herencia.
Porque el amor reclama libertad.
Sin libertad, el amor queda incompleto.
Quien ama no posee ni encadena:
mira al otro y reconoce su igualdad.
El amor es la revolución más honda:
hace fuerte al que espera y al que entrega,
desarma al poderoso frente al otro
y enseña que rendirse no es perder.
Llegaron luego los años veinte
y el aire comenzó a cambiar de nombre.
Daisy pudo escoger entre dos mundos,
entre el deber, el deseo y la promesa.
Gatsby murió, y Daisy no murió.
Y ese detalle también fue una conquista:
la mujer quedó frente a su destino
sin que el mundo exigiera su cadáver.
Porque cada libertad conquistada
ensancha un poco el corazón del mundo;
cuando una mujer decide por sí misma,
también un país aprende a ser más libre.
No basta con que cambien las leyes
si permanece intacta la costumbre.
La libertad comienza cuando nadie
puede decidir por otra vida.
Eva ya no es la culpable del Edén,
ni Helena la razón de aquella guerra.
Son mujeres que cruzaron la historia
hasta encontrarnos del otro lado.
Y quizá ese sea el verdadero viaje:
de la culpa heredada a la conciencia,
del silencio impuesto a nuestra voz,
de la obediencia ciega a la libertad.
Porque amar, elegir y ser quien somos
no debería costarle la vida a nadie.
Y mientras una mujer pueda elegir,
el porvenir será un poco más humano.





