
Helena, dicen, incendió la guerra,
y Eva cerró las puertas del Edén;
dos mitos dieron culpa a la mujer
por hacerla culpable del desvío.
Pablo ordenó la casa humana,
y al varón le dio lugar primero;
la mujer debía al hombre honor,
quedó grabada como obediencia.
Pablo marcó la ley de Occidente,
y su doctrina ordenó la familia;
la esposa debía al hombre honor,
quedó grabada como obediencia.
En el siglo de hierro y novela,
Ana y Emma cruzaron la frontera;
su deseo las llevó a la muerte,
la ley del mundo las hizo culpables.
Ibsen abrió la puerta de la casa,
Nora eligió dejar aquel hogar;
y no murió por romper una norma,
su gesto abrió caminos de futuro.
Con los años veinte cambió el aire,
y Daisy pudo al fin ya elegir
entre el esposo y el amante,
sin pagar con su vida la elección.
Mas Gatsby murió, no Daisy, es cierto;
quedó la mujer ante su dilema:
el amor, el deber, la conveniencia;
mas la mujer ya no tuvo que morir.
El progreso social nace en libertad,
si la mujer decide, el país crece;
si su libertad decide el rumbo,
el porvenir se vuelve más humano.





