Amamos la cuchara
porque una noche se negó a comer sopa
y desde entonces alimenta
a los peces que viven dentro de nuestros zapatos.

Amamos la ventana
porque sabe mirar hacia afuera
sin haber tenido nunca ojos,
y cada mañana se pone
un cielo distinto en la frente.

Amamos las sillas,
esas criaturas cansadas
que sostienen nuestros cuerpos
como si fueran pequeñas catástrofes
que aprendieron a sentarse.

Amamos el refrigerador
porque guarda un invierno diminuto
entre sus costillas,
y en él los limones envejecen
con la dignidad amarilla de los planetas.

Amamos la taza rota.
Especialmente la taza rota.
Tiene una herida por donde entra la luna
y por donde, algunas noches,
escapan los recuerdos
a buscar a sus madres.

Amamos las llaves
aunque jamás abran la puerta correcta.
Las llevamos en el bolsillo
como quien lleva un ejército de peces metálicos
preparados para conquistar
una habitación que no existe.

Amamos los calcetines perdidos
porque seguramente encontraron
una casa debajo del océano
donde las lavadoras son árboles
y los árboles lavadoras
y nadie sabe qué hacer
con tanta ropa mojada.

Amamos la mesa
por haber soportado
nuestros desayunos, nuestras despedidas,
las migas, los cuchillos,
las conversaciones que murieron sobre ella
sin hacer demasiado ruido.

Y amamos el polvo.

Sobre todo el polvo.

Porque el polvo es la manera
en que las cosas nos recuerdan
que también ellas están envejeciendo,
que algún día el reloj será una piedra,
la piedra será una montaña,
la montaña tendrá un nombre equivocado
y nosotros seremos apenas
una pequeña mancha de luz
debajo de la cama de alguien.

Por eso amamos las cosas.

Porque nunca nos prometieron eternidad.

Solo permanecieron ahí,
absurdamente quietas,
mientras nosotros aprendíamos
a desaparecer.