
Por Gonzalo Navarrete Muñoz
Lo hicieron héroe, mártir y bandera,
le dieron una patria por mortaja,
y al hombre le borraron la baraja
que el amor deshojó sobre su espera.
Qué fácil es vestir de primavera
la muerte que en los labios dejó ultraje;
ponerle al fugitivo un uniforme
y hacer de una derrota un homenaje.
No digan que murió por la política,
ni ensalcen con discursos su memoria;
hay veces que el amor, cuando lastima,
resulta más mortal que la victoria.
Tal vez buscaba a Alma, la Peregrina,
cruzando la penumbra hacia su puerto;
y mientras él soñaba con casarse,
otro amor le rondaba ya el desierto.
¡Qué escándalo sería para la historia
contar que aquel caudillo, aquel valiente,
no huyó buscando el bronce de la gloria,
sino el amor que le quemaba el frente!
¡Qué vulgar es la voz del funcionario
que convierte en consigna cada duelo!
Prefiere un mártir limpio, necesario,
a un hombre que por amor tocó el cielo.
Porque el político adora las estatuas:
no sufren, no preguntan, no desmienten;
los muertos, cuando son monumentales,
resultan muy dóciles y convenientes.
Pero un hombre celoso, enamorado,
que pierde hasta la brújula del juicio,
no sirve para el mármol del Estado:
demasiado humano para el edificio.
¿Y si murió siguiendo aquella estrella?
¿Y si la traición le dio la herida?
Sería más tremenda todavía
la bala que cerró su amor por ella.
Morir por una causa es cosa grave;
morir por quien se ama, cosa humana.
La patria da discursos cuando acaba;
el amor deja abierta la ventana.
Por eso, Carrillo, dejo a los doctores
la versión que conviene a los archivos:
yo escucho, entre los tiros y rumores,
los pasos de dos amantes fugitivos.
Y acaso allí reside tu tragedia:
que el mito te robó tu desventura;
te convirtió en estatua la política
para ocultar la herida más oscura.
Porque si un hombre muere por su amada,
la muerte ya no cabe en un decreto;
se vuelve una tragedia desatada,
un hombre frente al amor, desnudo y quieto.
Que hablen los políticos: que inventen
consignas, epitafios y victorias;
yo dejaré que el corazón desmienta
la versión conveniente de la historia.
Y si Alma no fue fiel a tu esperanza,
si el sueño matrimonial se hizo ceniza,
entonces fue más cruel aquella bala:
mató al hombre que amaba y no al que inmortalizan.





