Por Gonzalo Navarrete Muñoz

Soy infeliz con frecuencia,
con una constancia casi admirable,
como si la tristeza conociera mi dirección
y tuviera llave de mi casa.
Sin embargo, a veces,
mientras camino por la calle,
sin que ocurra nada,
sin que el mundo se tome la molestia
de ofrecerme una razón,
me sobrevienen ataques de felicidad.
Y entonces soy feliz.
Así, de pronto.
Porque sí.
Porque el aire pasa,
porque mis pasos me llevan a alguna parte,
porque las cosas existen
y yo existo entre ellas.
No me detengo a preguntar por qué.
He aprendido a desconfiar de las preguntas
que parecen inofensivas.
Si averiguara de dónde viene esta alegría,
quizá tendría que averiguar también
por qué se marcha,
por qué no se queda,
por qué hay días en que la vida pesa
como un animal dormido sobre mi pecho.
Y de una pregunta nacería otra,
y de otra, una nueva,
hasta descubrir —estoy seguro—
los infinitos motivos de mi tristeza,
esa enciclopedia interminable
que llevo dentro
y que nunca he terminado de leer.
Por eso, cuando la felicidad me asalta
en mitad de una calle cualquiera,
no le pido documentos,
no le exijo explicaciones,
no intento comprender su procedencia.
La dejo caminar conmigo.
Que dure lo que quiera.
Que no tenga nombre.
Que no sepa de dónde viene.
Yo tampoco necesito saberlo.
Por una vez,
prefiero ignorar algo
que podría hacerme infeliz.
Y sigo andando,
con esta alegría inexplicable
que no me promete nada,
que no resuelve nada,
que no cura nada,
pero que, durante unas cuantas calles,
me hace olvidar
que soy,
con tanta frecuencia,
un hombre triste.