
El alba me conoce. Cada día
llama a mi puerta con su luz cansada;
sabe de mi tristeza y mi alegría,
de la senda perdida y la soñada.
Conoce bien mis pasos, mis temores,
la sed que llevo dentro, silenciosa,
los nombres que aún me duelen, los amores
que el tiempo fue dejando entre las rosas.
Y, sin embargo, el alba no me guía.
Me entrega el mismo sol, la misma duda,
la misma encrucijada, todavía,
la misma voz que llama y no me ayuda.
Sabe de dónde vengo, a dónde quiero
llegar con esta carga de mí mismo;
mas no me aparta nunca del sendero
que bordea los labios del abismo.
¡Qué extraño es este amanecer tan sabio,
que todo de mi vida ha comprendido,
y no pronuncia, al rozarme los labios,
la dirección que acaso me ha perdido!
Tal vez la luz no sepa de caminos,
tal vez su oficio sea solamente
poner oro en los viejos desatinos
y hacer visible el paso de la gente.
Y sigo andando. Bajo el cielo abierto,
con mi verdad a cuestas, lentamente.
El día me conoce por completo,
pero el camino he de encontrarlo ausente
de toda voz que quiera decidirme,
de toda luz que quiera hacer de guía.
Pues nadie puede, al fin, decirme
por dónde he de salvar mi propia vida.
Y cuando el sol se incline hacia el poniente,
quizá comprenda, al fin, mi desconsuelo:
que el alba sabe todo de mi frente,
pero no sabe lo que busca mi anhelo.
Y así, mañana, volverá a llamarme,
con su verdad de luz y su porfía;
sabiendo quién soy, sin enseñarme
por dónde he de encontrarme todavía.





