Por Gonzalo Navarrete Muñoz

El tiempo del mulo no tiene medida,
por eso no pasa:
se demora en la piedra,
rumia la eternidad con sus dientes de sombra.
Allí donde la hierba se inclina
y el polvo aprende la gramática del hueso,
el mulo deposita su cifra,
su lento jeroglífico de sangre mineral.
Nadie descifra esas huellas.
Ni el agua, que las lame con su lengua de siglos,
ni el sol, que desciende a beber
en el cuenco amarillo de la tarde.
Las huellas se trenzan,
se buscan bajo la tierra,
abren un camino que no conduce a ninguna parte
porque todas las partes
duermen en el centro de su círculo.
Cada pisada es una campana enterrada,
un evangelio sin apóstoles,
la primera letra de un libro
que la noche escribe con tinta de raíces.
Y el mulo avanza,
aunque su cuerpo permanezca inmóvil
en la memoria de los patios,
junto al pozo donde una luna de cal
deshoja sus peces invisibles.
¿Quién ha visto pasar las horas?
El viejo amanecer,
con su barba de musgo y ceniza,
regresa cargando el mismo pan de las tinieblas;
la noche, fatigada de parir estrellas,
se sienta en el umbral
y cuenta las piedras que le faltan al silencio.
Pero el mulo no conoce el regreso.
Su destino es la huella,
esa pequeña eternidad que el casco imprime
en la piel endurecida del mundo.
Piedra sobre piedra,
polvo sobre polvo,
la escritura se oscurece y resplandece.
Y cuando ya no quede animal,
ni camino,
ni ojo que contemple la ruina del horizonte,
algo seguirá hollando la tierra:
un paso sin cuerpo,
una sombra que recuerda,
el tiempo detenido en su propia pisada.
Porque el mulo no lleva el tiempo:
lo funda.
Y en su andar abolido,
en su paciente pesadumbre,
la eternidad rebuzna
con una voz que viene de antes del alba
y se pierde después de todas las noches.