
La herejía de juzgar el corazón
Silva
Juzgar lo que hay en el corazón humano,
es usurpar de Dios la omnisciencia,
es vestir de verdad nuestra conciencia
y hacer de nuestro juicio un soberano.
¿Quién conoce del alma lo lejano?
¿Quién puede descifrar su oculta esencia?
¿Quién mide del dolor la resistencia
o sabe qué tormenta esconde un hermano?
¡Oh, necio corazón, que en su osadía
condena sin saber lo que otro siente,
y llama a su soberbia rectitud!
Pretende ser el juez de la agonía,
sentenciar lo que ignora de la gente
y hacer de su opinión una virtud.
Mas solo Dios, que ve lo más profundo,
que escucha hasta el silencio y la aflicción,
conoce los secretos de este mundo
y lee sin engaño el corazón.
Que nadie se corone de grandeza,
ni haga de su juicio una sentencia;
que hay lágrimas detrás de una dureza,
y heridas que se ocultan tras la apariencia.
Pues juzgar el corazón de los mortales
es desafiar la luz de lo divino,
es atribuirse poderes celestiales
y usurpar de Dios el juicio y el destino.
No confundas la sombra con maldad,
ni el silencio con falta de pureza;
que no siempre se viste de verdad
lo que proclama el hombre con certeza.
Porque juzgar el corazón ajeno
es pretender ocupar el trono de Dios;
y quien condena sin conocer lo interno,
quizá condene lo que ignora en su interior.
Que sea la compasión nuestra medida,
la prudencia, nuestra fiel consejera,
y antes de condenar el alma herida,
recordemos que el juicio a Dios le espera.
Pues solo Él conoce lo escondido,
la intención, la batalla y la razón;
y el hombre, por más sabio que se crea,





