Por Gonzalo Navarrete Muñoz

El disfraz de la razón
El hombre nace de un sueño que no recuerda,
de una fruta imposible que madura en el vacío,
de un pájaro que enciende sus alas en la sombra
y deja sobre el mundo la ceniza de otro río.
Antes de la palabra fue el deseo,
un animal de luz mordiendo las estrellas,
un temblor que buscaba, detrás de cada espejo,
la secreta raíz de todas las quimeras.
La razón se viste de ceremonia,
abrocha sus botones de lógica y de hielo,
y marcha por los días con su máscara de bronce,
creyendo que sus pasos sostienen todo el cielo.
Pero debajo del traje, ¡qué tumulto!
Hay mares que no existen y reclaman sus orillas,
mujeres inventadas que nos pueblan la sangre,
imperios que florecen en el fondo de una silla.
El hombre está hecho de aquello que imagina,
de lo que nunca tuvo y sin embargo desea;
su corazón es una lámpara sumergida
que alumbra los abismos para que el mundo crea.
Y cuando al fin la razón se queda dormida,
desprende el hombre el rostro que fingía:
entonces sabe que la realidad es una puerta
que el deseo abre hacia lo que todavía no existía.
Porque vivir no es comprender la llama,
ni medir con palabras su delirante altura:
es arder en lo imposible hasta que el alma
convierta en universo su propia desmesura.