Nació en su pecho el fuego del saber,
y fue su luz la lámpara encendida;
quiso en los libros aprender a ver
los hondos arcanos de la vida.

No hubo cerrojo que pudiera atar
el vuelo libre de su pensamiento,
ni sombra que lograse oscurecer
la clara dignidad de su talento.

Entre latines, versos y tratados,
buscó la causa, el orden y la esencia;
y fueron sus desvelos consagrados
al noble ministerio de la ciencia.

Si el mundo quiso estrechar su camino,
más alto se elevó su entendimiento;
pues quien persigue el resplandor divino
no teme al juicio vano del momento.

Su pluma, grave espejo de su mente,
vistió de noble forma la razón;
y alzó su voz serena y convincente
sin renunciar jamás a su pasión.

No fue soberbia, sino fiel deseo
de cultivar el don que Dios le diera;
pues quien contempla el mundo con anhelo
también honra al Creador cuando lo espera.

Quedó su voz, venciendo a los olvidos,
como una estrella firme en noche oscura;
y aún viven sus conceptos encendidos,
coronados de ingenio y de cultura.

Sor Juana, flor de un tiempo restringido,
hizo del pensamiento su morada;
y cuanto más quisieron darle olvido,
más firme permanece su palabra.