
Oh capitán, despierta: el alba arde,
y el tiempo ya desciende por la vela;
no hay puerto que detenga lo que parte,
ni ayer que vuelva a cruzar nuestra estela.
Mira la mar: no es siempre lo que miras,
también el horizonte cambia el mundo;
hay cielos que se abren cuando giras,
y abismos que se vuelven luz al fondo.
No esperes que la vida te responda
con mapas que otros trazaron antes;
a veces la verdad nace en la sombra,
cuando cambias el rumbo de tus ojos.
El día es breve llama entre los dedos,
un pájaro que huye si lo nombras;
por eso, capitán, bebe sus fuegos
antes que el sol se duerma entre las olas.
No guardes para luego lo que amas,
ni el beso que la noche aún te ofrece;
la vida no se ensaya: se derrama,
y el instante que pasa no regresa.
Si el viento te arrebata las certezas,
no temas: también vuela quien se entrega;
quizá mirar de frente las tormentas
sea otra forma humilde de victoria.
Oh capitán, contempla desde el mástil:
lo que llamaste pérdida era puerta;
lo que juzgaste oscuro fue otro ángulo,
y el mundo era distinto desde arriba.
Navega, pues, sin miedo hacia lo incierto,
con la mirada abierta a lo imposible;
que vivir es cambiar de pensamiento
cuando el alma descubre otro horizonte.
Oh capitán, My Capitán, escucha:
el tiempo no se vence, se celebra;
haz de cada latido una aventura
y de cada mirada, una manera.
Cuando la última estrella se despida
y el mar cierre sus párpados de plata,
que pueda decir tu alma, agradecida:
«Viví cuanto la vida me entregaba».





