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Estanislao Barrera llegó a Mérida en forma accidental. –Eran los tiempos de D. Olegario–. En el buque mercante de matrícula española en que viajaba como tripulante, enfermó de algún cuidado, por lo que al tocar Progreso es bajado a tierra, trasladado a esta ciudad e internado en el Hospital O’Horán para su atención médica.

Después de algún tiempo el marino español abandona el nosocomio, completamente sano, ciertamente, pero sin recursos para subsistir. Su barco había continuado su auto hacia otros lares.

De tal suerte, vaga por nuestras calles durante el día. Por la noche, caminando por el Paseo de Montejo llega a las puertas de la señorial mansión del acaudalado hacendado D. Pedro M. de Regil Casares, tronco de una distinguida familia emeritense. Estanislao llama a las rejas y solicita trabajo. Avisado el Sr. de Regil lo hace pasar y el ex-tripulante ibero le relata su precaria situación. Por de pronto se le ofrece de comer y aposento para pernoctar. En aquella estancia de momento improvisada en el domicilio de la familia De Regil-Peón, Estanislao Barrera durmió aquella noche y todas las del resto de su vida, fue empleado. Se le encargó el cuidado y atención de los jardines y otros menesteres caseros.

Tenía entonces aproximadamente 25 años de edad, de complexión robusta, ojos claros y rubios cabellos, su aspecto en general revelaba su casta hispana. Tanix, como cariñosamente fue llamado, era en sus laboriosa un ejemplo de constancia y dedicación al trabajo. Por sus cualidades humanas se hizo acreedor a la consideración y cariño de la familia. Vivía feliz en aquel hora que la Providencia le había deparado. En el devenir de los años Tanix llegó a ser como un miembro más de aquella honorable familia.

Así las cosas, Tanix comienza a revelar un profundo sentimiento de religiosidad, pasaba horas enteras en los jardines en honda meditación o musitando oraciones. En ocasiones se dedicaba a raros soliloquios, o bien se dirigía a las flores. Se tornó callado y sombrío. Se dejó crecer barbas y bigotes y trocó su indumentaria normal por otra de todo extravagante. Comenzó a vestir camisa sin mangas de color subido, casi siempre roja, pantalones azules, arrollados hasta la rodilla. Se tocaba con una boina vasca color azul marino, la que adornaba con plumas de ave. Andaba casi siempre descalzo o con alpargatas catalanas. Se proveyó de una especie de bordón con una puya en uno de sus extremos. De su cuello pendían varias cadenas o soguillas con medallas religiosas, así como escapularios con imágenes de santos.

Con estas fachas nuestro buen amigo Tanix se lanza a caminar por nuestras calles y plazas, presa de una demencia pacífica, que los médicos diagnosticaron como psicosis maníacodepresiva, desgraciadamente incurable.

Desde entonces Estanislao fue ampliamente conocido por todos los rumbos de nuestra urbe. Su singular atuendo y sus posturas apostólicas como predicador trashumante, lo convierten en un tipo pintoresco y popular. La plaza de Santa Ana fue la más frecuentada en sus diarias incursiones. Allí desde la base del monumento a D. Andrés Quintana Roo, se dirigía a un público imaginario o bien a los chiquillos que correteaban en el parque. El tema de sus predicas fue siempre Dios. Se autonombraba Siervo del Señor. Los viandantes del Paseo de Montejo le vieron abordar las bases de los postes del alumbrado como improvisado púlpito para dirigirse a inexistentes oyentes. De su mentalidad enferma extra homilías y sermones que emití por horas bajo un ardiente sol canicular.

Fue en la primavera de 1915, precisamente la mañana del 13 de Abril, en que el reo Alfonso Valencia, acusado de estupro a una menor de escasos sis años, fue ahorcado en el fatídico roble de la entrada del Paso de Montejo, sobre la calle 47, casi frente a la conocida fonda de Musset. El estrujante espectáculo, no obstante la hora (7 a.m.), había reunido gran gentío entre el cual, en forma casual se encontraba Estanislao. Era la segunda ocasión en que el gobierno del Gral. Alvarado improvisaba en aquel árbol un patíbulo. La vez primera fue con un soldado de sus propias tropas acusado de robo. La visión de aquel ajusticiamiento produjo en la mente de enferma de Estanislao un profunda impresión con características de trauma, lo que acrecentó su dolencia psíquica.

No obstante continuó su afán de incansable andariego. Su policromía figura, botón en ristre, era advertida en los sitios más concurridos de aquella Mérida de entonces. Ambulaba por calles y plazas, más bien por el norte y centro de la ciudad. Era afecto a grandes caminatas, jamás ocupó una guagua. Donde quiera su presencia causaba expectación. Cuando llegaba a la Plaza Principal la gente le rodeaba, emitía alguna jaculatoria y sonreía con beatífica bondad.

Su visita al Café Ambos Mundos era imprescindible. Todas las mañanas llegaba casi a una hora determinada. Su irrupción era todo un espectáculo. Era objeto de chuscas exclamaciones sin faltar el clásico “olé” coreado por los estudiantes de las mesas del fondo. El metro D. Leopoldo Martínez, también lo saludaba tocando al piano el españolísimo paso doble “El Mantón de Manila”, muy de moda en aquella época. Españolado tomaba asiento siempre en una de las mesas cercanas a la entrada, prendía un delicioso cigarrillo mientras una guapa mesera le servía una taza de aromático café, la que consumí pausadamente hasta las heces. D. Leopoldo continuaba legrando el ambiente con el sabroso ritmo d los danzones cubanos “La Mora” y “Mérida de Carnaval” que nos trajera Arquímedes Pous en 1919 y la parroquia juvenil los cantaba: “Allá en la Siria hay una mora, que tiene los ojos negros, etc.” Así era el medio ambiente del Ambos Mundos, aquel rincón bohemio de la Mérida de los veintes. Para cambiar de ritmo el maestro Martínez ejecuta la cadenita de algún fox-trot u one-step de reciente estreno. Estanislao disfrutaba feliz aquel ámbito cafeteril tan singular, que quizá con el milagro de un rayo de lucidez, recordara los viejos cafés de su lejana tierra.

Juzgamos necesario consignar que todas las andanzas e incursiones de Tanix, las llevaba a cabo después de cumplir fielmente con sus obligaciones laborales. De la familia De Regil-Peón, jamás quiso aceptar estipendio alguno por su trabajo, por lo que D. Pedro mandó construir una alcancía y en ella fue depositando mensualmente sus salarios devengados y aún más aumentados conscientemente a través del tiempo y de acuerdo con la época. Estanislao fue fuerte como un roble. Desempeñaba voluntariamente trabajos rudos sin deterioro de su salud. Nunca manifestó dolencia física alguna. Su problema mental lo marginó de la vida normal. Vivió como los árboles. Erguido siempre, no obstante su avanzada edad. Dormía poco, no era efecto a siestas. Su existencia fue una constante actividad.

Un día del mes de Diciembre de 1940, Estanislao Barrera, aquel apuesto marino español que llegara a nuestras playas a principios del siglo entregó su alma al Creador. Su lecho de muerte hasta en sus últimos momentos fue frecuentado por los miembros de su familia adoptiva. Fa sepultado en nuestro Cementerio General y posteriormente sus restos áridos fueron depositados en la cripta particular de las familias De Regil-Peón y Peón-Casares en la Capilla de Nuestra Señorea de Lourdes. Falleció en la frontera de los 80 años y hacía 10 más o menos que había evitado salir a la calle. Se había sometido a un voluntario enclaustramiento.

Los dineros, producto de sus años de trabajo y el cual nunca quiso recibir. le fuero entregados al Sr. Arzobispo Dr. D. Martín Tristchler y Córdova para beneficio de la Iglesia. Nuestro Prelado mandó aplicar varias misas por el eterno descanso de su alma.

Los que conocieron a Estanislao, aquel hombre de atuendo extravagante, que en su demencia pacífica se sintió Siervo de Dios, estamos seguros que lo recordarán siempre como uno de los tipos pintorescos y populares de aquellos lejanos tiempo en la Mérida de los años veintes.

Extracto. “Mérida en los Años Veinte”. Montejo Baqueiro, Francisco D.. 1981. Maldonado Editores. Mérida, Yuc.