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Personajes populares de antaño en Mérida, Yucatán.

La generación actual es probable que no conozca a Adorálido Olivera. Fue este un tipo singular ampliamente conocido por todos los rumbos de la ciudad de Mérida en aquellos lejanos días. Habitaba en el predio Núm. 526 de la calle 67 entre 62 y 64, precisamente donde después se encontraría Estudios Bassó, S.A., en compañía de una hermana. A principios de los años de nuestras reminiscencias tenía más o menos cincuenta años de edad.

Por muchos años, desde muchacho había trabajado en Catedral como sacristán, en tiempo del Sr. Arzobispo D. Martín Trischler y Córdova. Aprendió a tocar el armonio con el que se acompañaba para cantar misas con el celebrante. Cantaba con marcado estilo sumamente afectado. Desempeñaba además en el templo cuantas labores le encontraba el Sr. Cura Párroco. En aquellas actividades pasó Adorálido toda su juventud.

Sin poder precisar la fecha y con vastos conocimientos en materia religiosa renuncia a su empleo y se retira a su domicilio. Hasta allí acuda la gente humilde y sencilla, llega en demanda de sus servicios como rezador de novenarios, rosarios  de cabos de años y cualquiera otra actividad que se encontrara enmarcada dentro de lo que le permitía su condición de laico. Se proveyó de un armonio, completamente indispensable  para sus santos menesteres. Llegó a tener numerosa clientela. Muchas gentes llegaban a su domicilio con humildes presentes, tales como aves, huevos, frutas, etc. los que recibía complacido.

Había tomado muy en serio su falso ministerio. Comenzó a vestir más o menos la misma indumentaria de los sacerdotes de aquella época, negro riguroso hasta el sombrero. Observaba en sus actos marcados austeridad. Al dirigirse a sus clientes lo hacía con paternal afecto, iluminando su rostro moreno con beatífica sonrisa.

En aquella Mérida de entonces, Adorálido Olivera era el tipo a quien se encontraba con frecuencia por las calles, luciendo clerical atuendo y seguido por un hombre quien cargaba, debidamente enfundada su serafina. El portaba en diestra un maletín de regular tamaño y capacidad en el que llevaba sotana, breviario, novenarios, rosarios, crucifijos, incienso, mirra y todo cuanto le fuera menester para su singular oficio. En en dicho maletín era indispensable un lugar par la consabida olla, la cual retornaba a su domicilio después del rezo, colmada de ricas viandas. Era costumbre establecida donde eran solicitados sus servicios, hacer comida especial para el “Padre”. Eran de su preferencia, el suculento puchero de gallina y el rico frijol con puerco, sin faltarle su “chicostilla”. Mientras adorálido comía opíparamente le llenaban su hollita con varias raciones “para pobres”. Fue conocido por todos los rumbos de Mérida, pero sus actividades las desarrollaba mas bien en los barrios del sur.

Con su andar reposado, su singular atuendo, su edecán con la serafina y su inseparable maletín, era advertido por nuestras calles repartiendo saludos a granel. Realmente fue un tipo pintoresco y popular, quien para los meridanos de aquellos años seguramente no paso inadvertido. Aún se le recuerda con  inusitada frecuencia. Se dice que para imprimir mayor realismo a su personalidad clerical se hacía tonsurar. Su numerosa clientela, gentes del pueblo le llamaban Padre Adorálido, rango que aceptaba con marcada complacencia. Que sepamos, no fue nunca molestado por autoridad eclesiástica alguna por sus actividades. inteligentemente sus conocimientos los aplicaba con prudente limitación.

Se le atribuye haber establecido  curiosamente en la aplicación de los rosarios de difuntos o cabos de años dos categorías: “con llanto” o “sin llanto”, según la paga. Cuando el rosario era con llanto, imprimía a us rezos profundos suspiros y dolorosos lamentos y cuando llegaba el canto derramaba copiosas lágrimas, las que hacía entre los deudos tal efecto, que convertía a las mujeres asistentes en verdaderas plañideras. Este aspecto de sus oficios en su carrera como rezador a domicilio fue muy celebrado por las gentes de aquellos tiempos.

Así vivió Adorálido Olivera por muchos años. Se había hecho viejo, pero no obstante continuaba entregado a sus fieles. En una caída accidental sufrió la fractura de una cadera, por lo que estuvo por mucho tiempo recluido en us domicilio en compañía de su fiel ayudante. Su hermana, con quien había vivido, falleció.

Su vida fue siempre austera. No asistía a fiestas ni espectáculos. Conservó el celibato.

Realmente no es necesario ser versado en Psicología para pensar que nuestro personaje fue un perfecto simulador; pero inteligente. Optimos frutos le rindió su dedicación a tan roro oficio, pues llegó con el tiempo a adquirir en propiedad el predio de la 67 donde habitaba. durante su reclusión, hasta su lecho de enformo, llegaban las visitas de gentes que de verdad lo estimaban. Después de su enfermedad, la que le dejó una pierna defectuosa, muy poco salió a la calle. Casi siempre en horas de la tarde se le veía apostado en uno de sus balcones observando el paso de los transeúntes. Con algo más de 75 años en fecha que no podemos precisar, poro que la calculamos en el lustro de 1930 a 1935. Adorálido Olivera, uno de los tipos pintorescos de antaño, entregó su alma al Creador a quien tantas plegarias había elevado en su vida trashumante por la Mérida que recordamos en esta reseña.

Fuente: Mérida en los años veinte | Montejo Baqueiro Francisco D. | Maldonado Editores |Mérida, Yucatán, Mex. | 1981.