Por Gonzalo Navarrete Muñoz

Mi alma desvelada busca las mentiras,
aquellas que florecen en la noche
con un resplandor de frutas imposibles,
cuando la luna abre sus cofres
y derrama animales de ceniza sobre el mundo.

Las verdes verdades no me interesan.
Tienen la mansedumbre de las hojas,
el orden vegetal de las cosas conocidas,
la obediencia del agua que recuerda
el cauce que le impusieron.

Prefiero la mentira,
su dorada arquitectura de espejismos,
el fruto que madura en la garganta del misterio,
la palabra que inventa su propio nacimiento
y hace del vacío una sustancia.

Entonces aparece la estela blanca,
desplegando sus pájaros innumerables.
Vienen de un cielo que nadie ha contemplado,
traen en sus alas la escritura de lo ausente
y el antiguo resplandor de las revelaciones.

Se posan en los hombros de los hombres,
como si cada hombre fuera una rama
de un árbol sumergido en la memoria del mundo.

Y los hombres, sin comprender el prodigio,
caminan con sus pájaros invisibles,
llevando sobre sí la blancura del enigma.

Mi alma continúa despierta.
No busca la verdad que todo lo explica,
sino aquella mentira que, al incendiar la sombra,
hace que lo imposible tenga cuerpo
y que la noche engendre su propia eternidad.