
Por Gonzalo Navarrte Muñoz
Hoy la mañana amaneció loca,
y hay una lengua suelta entre las sombras;
las estrellas, insomnes y confusas,
derraman su desvelo sobre el mundo.
Quisiera regresar a aquel pasado,
al mármol del ayer que me resguarda,
donde el tiempo, piadoso, no dolía
y el porvenir aún no tenía grietas.
Las flores poco a poco se deshacen,
se van borrando al filo de los días;
quedan las de pétalos ceñidos,
las de colores vivos y apretados.
No ceden al imperio del desvarío,
ni al viento que deshoja las certezas;
le cantan todavía al horizonte,
le ofrecen su esperanza al porvenir.
El mar de aquella playa se retira,
como si se gastara entre suspiros;
¿será que ya no alcanza su marea
a sostener la orilla de mis sueños?
Los montes se han teñido de ceniza,
sin tono, sin aliento y con su llanto;
los pájaros entonan un réquiem
por todo lo que muere sin aviso.
Y el cielo, que fue cúpula y amparo,
hoy muestra su cansancio entre las nubes;
algo en mí, debajo de las ruinas,
se aferra a aquellas flores que aún resisten.
Porque no todo acaba ni se pierde,
ni todo lo que calla está vencido;
hay pétalos que guardan la memoria
y un canto que aún anuncia lo que viene.





