Por Gonzalo Navarrete Muñoz

Evocación de los campos de Castilla
En una vieja cocina castellana,
donde el humo dibujaba su oración,
hervía lentamente cada mañana
la humilde olla de una antigua tradición.
Más vaca que carnero en el cocido,
salpicón al caer la oscuridad,
y los sábados, con sabor a lo vivido,
duelos y quebrantos para cenar.
Los viernes, lentejas en la mesa,
pobre manjar, pero de buen sabor;
y el domingo, como un gesto de nobleza,
un palomino coronaba el comedor.
Así pasaban los días y los años,
con la hacienda menguando sin cesar;
tres partes se llevaban aquellos guisos,
y una cuarta, apenas, quedaba para andar.
¡Oh, vieja España de caminos polvorientos,
de ventas, de molinos y de sol!
En tus modestos platos y alimentos
también se alimentaba algún soñador.
Que no todo es hambre lo que el hombre espera,
ni es sólo pan lo que le da valor;
hay quien persigue gigantes por la tierra
aunque su mesa sea humilde y sin esplendor.
Y acaso en aquella olla cotidiana,
entre lentejas, carne y algún palomino,
se cocía una ilusión más soberana:
la de hacer de la vida un mejor destino.
Porque el tiempo pasa, la memoria queda,
y el hambre de justicia no tiene final;
hay sueños que ni el hambre los doblega,
ni los puede apagar la pobreza mortal.
Y así, entre los pucheros de la Mancha,
con su pobreza digna y su ideal,
don Quijote nos dejó una enseñanza:
que también se puede ser grande
sentado a la mesa de un hogar.