Los Santos de Mérida, San Cristóbal. Iglesias de Mérida Yucatán.

Templo de San Cristóbal, Mérida, Yucatán

Por Jorge H. Álvarez Rendón

 

 

-¿Sabes cómo puedo encontrar a Cristo?

El ermitaño quedó mudo de espanto. Quien así le preguntaba era un gigante vestido con piel de oso que portaba un garrote en la mano derecha.

-De seguro lo encuentras con la oración y las buenas obras. Aquí mismo puedes hacer una de la mayor importancia. Este río es difícil de atravesar. Por tu tamaño y fuerza podrías cargar a las gentes y pasarlas del otro lado.

El enorme Réprobo quedó pensativo. Desde el año 260, una década atrás, había salido de su natal Palestina después de jurar solemnemente que “sólo obedecería al hombre más poderoso de la tierra, aquel que no le temiera a nadie”.

Vivió primero en la corte del grandioso rey de Etiopía, un judío muy rico y descendiente de Salomón .. pero una noche, cuando uno de los súbditos mencionó el nombre de Satanás, el monarca se persignó muy asustado y tocó la madera de una suntuosa mesa. Réprobo le dijo entonces: -Si le temes a Satanás, esto quiere decir que es más poderoso que tu. Iré a servirlo.

El gigante marchó apenas unos doscientos kilómetros, pues en la frontera con el fértil Egipto encontró a doce caballeros vestidos de negro. Uno de ellos, el cabecilla, se adelantó con fétido aliento y ojos ardientes como un par de brasas: -Me llamo Satanás, monarca de la noche. Ven conmigo. Tres años anduvo Réprobo en compañía del Maligno, hasta que un día, en la muy cristiana Numidia, a la vera de un camino, encontraron una cruz de piedra. Satanás, súbitamente temeroso, no quiso pasar enfrente y dio un rodeo. El gigante protestó:

-Si tienes miedo a la cruz de Cristo quiere decir que éste es más poderoso que tu. Voy en su busca. Aceptando las sugerencias del ermitaño, Réprobo se dedicó a pasar a las gentes de uno a otro lado del río Omondo. ¿Cuándo- pensaba- encontraría a Cristo para servirlo? Una tarde, cansado por la faena, cuando iba a devorar un racimo de dátiles, Réprobo observó a un niño pequeño, de acaso siete años, parado a la orilla del río. Sonriendo, el infante suplicó:

-¿Podrías pasarme?. Aunque te advierto que peso mucho. El gigante dejó los dátiles y rió como pocas veces. ¿Podía pesar mucho una criatura diminuta? Sin más, lo tomó y lo puso sobre sus hombros. A la mitad del río, Réprobo sintió que llevaba una carga enorme de rocas y hierro, sus pies se hundían en el lecho arenoso, a punto estuvo de perder el equilibrio.

-Niño- afirmó extrañado- pesas como si tuviera al mundo sobre mis hombros.

-Más todavía- replico el pequeño- pues has cargado al Creador del Mundo. Soy Aquel a quien buscabas. Desde ahora te llamarás “Cristóbal”, o sea, portador de Cristo.

Dice. la tradición que el gigante Cristóbal se dedico a predicar y bautizar cerca del Mar Rojo hasta que los romanos lo prendieron durante la persecución de Aureliano. Sentenciado a morir porque no renunció a Cristo, fue amarrado a cuatro caballos que lo descuartizaron.

En 1542, al oriente de la recién fundada Mérida, don Francisco de Montejo el Mozo estableció un pueblecillo al que llamo San Cristóbal- para que viviesen los indios mexicanos que trajo consigo como tropa de conquista. Para el servicio espiritual de aquellos vecinos estuvo el Convento de San Francisco, situado en un alto cerro que, a mediados del siglo XVII, se transformó en la ciudadela de San Benito, perímetro militar.

Desde entonces fue necesario construir una iglesia para el pueblecillo (ahora barrio) de San Cristóbal. El templo se levantó muy lentamente por falta de fondos y fue inaugurado el jueves santo del año 1797 y puesto bajo la protección de la Virgen de Guadalupe. No obstante, la gente prefirió llamarlo “de San Cristóbal”, como hasta la fecha.

La fiesta de este santo gigantesco es el 3 de agosto. Es patrono de los conductores de automóviles, los taxistas, los vendedores de puerta en puerta, los aficionados a la lucha libre y los encuadernadores de libros (aunque sean antropólogos).