En su extraordinario libro L’Homme revolte Albert Camus observa : “ Vivimos en la época de las grandes ciudades . De modo deliberado se amputó al mundo aquello que le da permanencia: la naturaleza, el mar , la colina, la meditación de los atardeceres. Ya no hay conciencia sino en las calles; tal es lo que se ha decretado “. Quizás Camus omitió la más dramática pérdida: el tiempo. Las ciudades se tragan el tiempo de los hombres. Las distancias y el tráfico consumen el recurso más valioso del hombre: el tiempo. Los materiales de construcción de las ciudades, esos que avasallan a la naturaleza, son depresivos , de ahí que resulte imprescindible que las ciudades puedan conservar áreas verdes que se conviertan en gritos de vida . Otro tanto se puede decir del cielo que los edificios emboscan. El cielo y la luz franca contribuyen a una sana vida en las ciudades. El mismo Camus nos habla del “ Derecho a las Ciudades “ . El concepto es valioso: el derecho que tienen los hombres a vivir en ciudades amigables, con empatía para la vida humana. Parece que construimos ciudades al servicio de los automóviles y no de los hombres. A diestra y siniestra brotan los edificios y los negocios de todo tipo, atropellando “el derecho a las ciudades “ que tienen los hombres . Ojalá en alguna disposición oficial se reconozca el derecho que tienen los hombres a un ciudad que los reconozca.