Un indígena, que trabajaba en el convento franciscano de Maní, cazaba cuando descubrió un venado al que le habían extraído el corazón. También encontró unos ídolos mojados con la sangre de la víctima. Presuroso fue el cazador a informar a sus frailes patrones. Desde luego que fue todo un escándalo. El provincial de los franciscanos, Fray Diego de Landa, se hizo presente con toda su autoridad. De Landa hablaba bien maya y puedo interrogar a los indiciados. Algunos fueron condenados a muerte, otros a prisión y hasta muertos fueron exhumados para recibir el castigo por algo que presuntamente hicieron en vida. Estaba en Mani Godofredo de Loaiza, autoridad de la provincia, algunos españoles y una muchedumbre inmensa de indígenas frente a los cuales había que dar un escarmiento. Los castigos debían conocerse en toda la Provincia. En una lista recobrada por Don Justo Sierra se da cuenta de los objetos destruidos; 5000 ídolos de distintas formas y dimensiones, 13 piedras grandes que servían como altares, 22 piedras pequeñas de varias formas, 27 rollos de signos y jeroglíficos, 197 vasos de todas dimensiones y figuras. Ahora bien, Don Eligio Ancona Castillo, en su magna obra, esboza una teoría: las muertes y los severos castigos no obedecieron solo a idolatría, se perseguía dar una manifestación de poder. Maní fue una de las primeras poblaciones que aceptaron la autoridad de los españoles, sin embargo en esa población intentaron matar a los misioneros. El obispo Toral y los propios hermanos franciscanos juzgaron como desmesurada la forma de proceder de Fray Diego de Landa, que se tuvo que defender en España. Aunque sea posible que la autoridad militar impulsó los horrores de Maní.