
Por Gonzalo Navarrete Muñoz
Un domingo fui a comer a Bartolomé, en la ya clásica calle 47. El restaurante está en una construcción antigua a la cual se le ha permitido permanecer en su estado natural, sin ninguna reconstrucción. Ese estado crea una atmosfera que puede llegar a estar en consonancia con el menú: insinúa que las recetas son autenticas. Está claro que el perfil de Bartolomé es un restaurante de un menú de filiación mexicana. El tal Joel R. Poinsett señaló algunos platos que había probado: cierta gallina en salsa de chile, un cordero asado, tortillas -que no le gustaron-, frijol y una salsa preparada con manteca y chile. A la señora Calderón de la Barca le causaron mala impresión las tortillas, el frijol y el chile; sin embargo llegó a descubrir algunas recetas mexicanas que le gustaron. Por el contrario Paola Kolonitz, dama de la emperatriz Carlota, nunca le encontró el gusto a la cocina mexicana, en particular las tortillas le parecían insípidas pero nos podemos imaginar lo que le parecerían las salsas de chile. Esta señora llegó a afirmar que en México no se conocía una buena sopa. El menú de Bartolome tiene un guiño para Yucatán, existe una entrada con el nombre Ninios Envueltos, rellenos de morcilla y arroz. Esa tarde nos decidimos por un Fidegúa de Pulpo, que estuvo delicioso. También probamos los Molotes de Plátano, se trata de plátanos rellenos de chilorio sobre una salsa de tomate con queso sopero: deliciosos. Seleccionamos unos tacos de chiles Xkatik rellenos de Munilla de camarón, esto sobre tortillas con costra de quesillo, todo con una salsa verde tatemada, es decir quemada. Rematamos con un helado sobre una crema de queso sobre un pan de almendra. Bartolomé es un restaurante de sabrosura.





