Por Gonzalo Navarrete Muñoz

Así marcha el hombre ambivalente,
con su libertad de púrpura y de espinas,
su corazón bravío, su conciencia penitente
y sus ansias febriles de regiones divinas.
Lleva las manos libres, pero el alma prisionera,
bajo un cielo magnánimo de promesas marchitas;
su voluntad es férvida, su esperanza quimera,
y sus horas, dolientes, por el miedo malditas.
¡Oh, libertad, señora ambigua y despiadada,
virgen de ojos absortos y sonrisa homicida!
Eres la flor sacrílega, la rosa ensangrentada,
el cáliz voluptuoso que envenena nuestra vida.
El hombre, rey insomne de su reino desierto,
con su orgullo flamígero y su angustia taciturna,
va sembrando sus pasos en el páramo incierto,
bajo la indiferente majestad de la luna.
¡Qué destino tan áspero, qué paradoja ardiente!
Ser dueño de sí mismo y vivir encadenado;
llevar un sol magnífico dentro de la frente
y un corazón sombrío, de temores sitiado.
Su voluntad es férrea, su deseo, turbulento;
su razón, un relámpago de lucidez herida;
y en el claustro insondable de su propio pensamiento,
es verdugo de sus sueños y reo de su vida.
Así marcha el hombre, orgulloso y vacilante,
con su destino trágico y su fe desvanecida;
libre como el relámpago, frágil como un instante,
¡condenado a ser libre, prisionero de su libertad!