merida-pasado

Mérida a principios del siglo XX.

Por Roldán Peniche Barrera

Cuantos recuerdos no guardará usted en su cabeza, Sr. Baeza!

–No se crea, después de tantos siglos vividos como que se me empiezan a borrar de la mente, como que se hacen más confusos y no se por seguro si lo que me acaeció en el siglo XVII corresponde en realidad al XVIII o al contrario. ¡Habría que poseer la memoria de Funes el memorioso para recordar todo con absoluto claridad! Por eso admiro a Goethe, que le dictó sus memoria en largas conversaciones a Eckermann sin omitir detalles. Pero ahora que me ocupo de los alemanes me viene la memoria la existencia de una gestapo yucateca de los años treinta, creo que anterior ala gestapo de Hitler.

–¿Una gestapo yucateca?

–Bueno, no se le puede llamar de otro modo, querido amigo. En realidad se denomiba esta infame agrupación “Defensa Revolucionaria”, fue instituida durante la época de Box-Pato (1930-34) y la integraba una pandilla de rufianes. Yo conocí y traté a ciertos de sus miembros, tipos de pelo en pecho y de mala catadura que usaban motes con sabor de hampa: “El Mulix”, “El Turco”, “El Gato” y desde luego “El Perro”. ‘Qué hombres eran éstos, mi querido señor! Impunes, se paseaban por la ciudad acompañados de rameras y en las cantinas armaban un alboroto de los mil demonios. Veíaseles en las paradas del 5 de mayo o del 16 de septiembre desfilando con la cara al sol, armados de rifles y pistolas, mientras hacían sonar una atronadora tambora ante el justificado horror de la gente del pueblo. Por aquellos días, los ilustres letrados yucatecos Antonio Mediz Bolio y José Castillo Torre, publicaron un manifiesto, un “Yo acuso” en el que censuraban gallardamente las tenebrosas acciones de esta ¡Defensa Revolucionaria!, de esta gestapo prepotente y sanguinaria. Parece que estoy leyendo el dichoso manifiesto en el que se dice que la conforman “unos mil quinientos hombres distribuidos en todo el Estado, que portan, pistolas reglamentarias y rifles del ejército y que hacen honores al gobernador”. En realidad no eran tantos, si acaso unos cincuenta o cien matones especializados en espiar, amenazar y asesinar a todo a quien consideraban enemigo del gobierno.

–¿Asesinaban también…?

–Bueno, de acuerdo con aquel manifiesto, sólo en el decurso de un mes, aquellos esbirros habían cometido seis atentados, de los cuales resultaron muertos un obrero, un joven dependiente y un estudiante. Eran hombres desalmados que lo mismo cerraban periódicos por la fuerza que sembraban el terror entre las familias, todo en nombre del gobierno que los protegía.

–¡Y el cierre de periódicos?

–Irrumpieron violentamente en las oficinas de “La Caricatura”, destrozaron todo lo que encontraron a su paso, golpearon al director e intentaron hacer lo mismo con el caricaturista Alonso Rejón Montalvo (Rex) a quien culpaban de ser el autor de cierta caricatura de carácter político que disgustó al señor gobernador. Pero Rex tomó las de Villadiego y se esfumó, como por arte de magia, de la escena.

El sr. Baeza ha tomado dos cafés esta mañana, pero, a insistencia mía, pide un tercer.

–Son ya las doce –aclara– y ya no es hora de café sino de algo que contenga lúpulo y cebada, más creo que me cabe un café más en la barriga.

Enciende un cigarrillo mientras aguarda por su café. Siento que el tema de los tiempos de Box-Pato le han traído más recuerdo.

–Eran las épocas que el gobernador era algo más que el de la Barateria –no dece mientras lanza una bocanada de humo– Bartolo (Box-Pato, que no es lo mismo que Chen-Pato) se la pasaba viajando por avión a la metrópoli todo el tiempo. La gente de hasta más abajo (el pueblo pues) silbaba o cantaba una canción burlesca contra Bartolo entre cuyas estrofas había un dístico que aún recuerdo:

Porque nuestro pueblo ya se fastidió
de sus ochocientos viajes por avión…

Y en la tonadilla se hablaba de parrandas, borracheras y chanchuyos… Pues que le queda al pueblo sino hacer chunga de sus autoridades. También recuerdo la vez, allá por 1932, cuando el señor tesorero D. Diódoro Domingp, quien usaba trasladarse a las haciendas del interior del Estado con objeto de pagar personalmente las rayas de los trabajadores, olvidó sus gafas en Mérida. El avión que lo había traído a la hacienda, aguardaba en una pequeña pista; recuerdo que el aparato se llamaba “Chibilú” y era propiedad del gobierno del Estado. Se decía que cada viaje del aeroplano no costaba menos de 200 pesos (un dineral en esos días), tomando en cuenta, aparte del combustible, el sueldo del piloto y los víveres que usualmente llevaban. Pues decía yo que el señor tesorero había olvidado sus anteojos en Mérida y después de discutir con sus ayudantes les ordenó que partieran para nuestra ciudad capital en el mismo avión y fuesen por sus gafas. Y así se hizo.

A poco arriba a nuestra mesa el café hirviente del Sr. Baeza. Mientras platica jamás se despoja del sombrero no de sus gafas. Es hombre que mira profundo y casi adivina lo que pensamos. Y es que un inmortal no es cosa de todos los días. Porque no hay nada más serio ni más patético que un hombre que no está destinado a morirse dentro del plazo razonable que marca la naturaleza. El Sr. Baeza se conocía Mérida como la palma de sus mano, no sólo su topografía sino toda su historia y a todos sus personajes. Había vivido en la Colonia, en la Independencia, en el Imperio, en el Oligariato y en los tiempos revolucionarios, a los que, en parte, detestaba.

Era hombre altivo con los indígenas y en otras épocas esgrimió en su mano derecha un chicote muy propio para azotar a los indios rebeldes, como hoy usa un bastón que no le sirve sino para auxiliarse en su larga, provecta edad. En la Colonia contó con su propia encomienda pletórica de esclavos y de indios luneros. Hacia el crepúsculo del siglo XIX fue el patrón de una hacienda henequenera en la que manejó con gran escrúpulo la nohoch-cuenta y la chichán-cuenta y el cepo endiablado para los desobedientes. Solía publicar en la “Revista de Mérida” anuncios o wanteds contra los peones que escapaban de su heredad. Por las noches acudía al viejo “San Carlos” para disfrutar de alguna zarzuela del maestro Bretón, no sin antes cenar sabrosamente en el restaurante “La Meridana” del español Francisco López. Tal era el Sr. Baeza.