Por Gonzalo Navarrete Muñoz

Qué tristes se ven las hojas de los árboles,
qué triste se escucha el murmullo del mar,
y hasta la luz, que siempre fue alegría,
hoy no consigue su melancolía ocultar.
¿Qué me estará pasando?
¿Por qué todo parece tan gris?
No ha cambiado nada allá afuera,
pero todo parece distinto dentro de mí.
No descubro nada nuevo en el paisaje,
ni hay razones que pueda señalar,
sin embargo, miro el mundo de siempre
y lo encuentro cubierto de soledad.
¿Será que el alma tiene sus estaciones,
días de invierno que no saben terminar?
¿Será que a veces la tristeza nos habita
sin pedir permiso, sin querer explicar?
Me pregunto si me habré vuelto inmune
a las heridas que me pueda dar la vida,
si después de tanto dolor y tantas noches
mi corazón desarrolló una extraña coraza.
Tal vez no soy inmune a la tristeza,
tal vez tan solo aprendí a disimular,
porque hay dolores que dejan de dolernos
y, aun así, no se terminan de marchar.
Y mientras miro las hojas caer,
y escucho al mar su tristeza pronunciar,
me abrazo a la esperanza de que mañana
hasta la luz vuelva a querer brillar.
Porque quizás no todo esté tan gris,
quizás sea mi alma la que necesita sanar.
Y aunque tenga anticuerpos contra el dolor,
todavía tengo un corazón que sabe sentir.