Por Gonzalo Navarrete Muñoz

La desdicha no conoce el olvido,
ni abandona la sombra de los huecos;
tiene un jardín debajo de la sangre,
donde madura el fruto de lo ido.
No es fugaz la desdicha: es una casa
que aprende nuestros nombres en silencio,
un animal dormido entre las piedras,
un huésped que regresa con la noche.
Tiene memoria el agua de los muertos,
recuerda el mar la sal de sus naufragios;
y el corazón, que ignora sus heridas,
las reconoce al escuchar la lluvia.
La desdicha conserva sus retratos
en galerías hondas de la sangre;
allí los días pierden sus vestidos
y el tiempo se arrodilla ante sus restos.
No pasa: se transforma en otra cosa,
en pájaro de sombra entre las ramas,
en una flor que nace de la huida,
en un espejo por qué no nos mira.
Y aunque la luz descienda por los siglos
con su dorada multitud de pájaros,
la desdicha recuerda lo que fuimos:
tiene memoria, y nunca nos olvida.