la 66 sur, el viejo sur de Mérida: las zonas de tolerancia en Mérida

A mediados del siglo XX se estableció como Zona de Tolerancia un grupo de manzanas ubicadas en el sur de la ciudad, en un extremo de la dilatada calle 66. Algo más de vente años duró la vida de esa zona, que llegó a constituirse en una ciudadela del mal. Al paso de los años, el viejo sur de Mérida se ha vuelto mítico, con toda clase de historias que se sitúan en el terreno ambiguo de la realidad y la fantasía, enclave al que se llega por la vía del pacto con las pasiones más primitivas de los seres humanos. La zona era una ciudad bulliciosa que por las noches parecía estar en perpetua fiesta y que contenía cabarets de primera, que a sus vez contaban con pequeños hoteles para los oficios mercenarios; había cabarets de segunda, antros de ínfima clase, cuartos en las calzadas de la ciudadela y dos o tres teatritos donde se ofrecían “tandas” nudistas. Los antros de primera eran: el Villa Magdalena, donde ejercía “la trata” el mencionado Andresito, y la vigilancia, un sujeto de fiera catadura al que llamaban “El Iguano”.

El Mambo en un principio fue el mejor, pero después fue superado por el Villa Magdalena. La dueña de este sitio era una mujer imprescindible en la la historia del Sur, Judith Ríos. Judith había nacido en Guadalajara y en los tumbos propios de sus estilo de vida llegó a Yucatán, en donde encontró cierta fortuna.

El Río Rosa, propiedad de dos hermanos no menos acreditados en la zona: Justo y Juan Betancourt; de este establecimiento era cancerbero un joven mestizo llamado José que, tras sufrir un dramático accidente, perdió parte de un brazo. Si el sueldo de este José era exiguo, las propinas lo compensaban, pues sabía lograrlas de los clientes que a cualquier precio querían entrar. La cuota para franquear la entrada era de dos pesos. En estos sitios imperaban las rocolas Wurlitzer, los muebles de lujo y decoraciones que remendaban los grandes salones norteamericanos: al Dancing Hall de mosaicos azules del Villa Magdalena se llegaba por un amplio pasillo significado por las estatuas de unas Venos. En estos salones bailaban con desprecio a los rubores acaudalados hombres de negocios, profesionistas exitosos, burócratas encombrados y juniors en busca de lograr una biografía nocturna. No era socialmente condenable la asistencias al Sur, quizá se veía como un espacio en que el tiempo se abolía por las pasiones de la naturaleza humana; convertidas en inconfesables se dejaban de mencionar, y al condenarlas al silencia dejaban de existir. Así pues, acudir a la zona de tolerancia no implicaba ni desprestigio ni marca alguna. No faltan en la historia del Sur los idilios entre hombres ricos y jovencitas abandonadas a la vida nocturna; y los más intensos riesgosos. entre jóvenes. A este grupo de cabarets pertenecían el Saratoga, el Villa Aurora, el Palacio Hindú, del que era propietario Roberto Jiménez, cuyas paredes estaban decoradas con explícitas escenas de liviandad. Para salvaguardar la precaria seguridad de la zona, permanentemente amenazada por el alcohol, la droga y otras efervescencias, se contaba con un grupo de golpeadores de leyendas negras; hemos mencionado al “Iguano”, algunos de sus colegas eran el “Bombero” López, “la Pulga” y “el Tamarindo” Garrido, entre otros. La especie bien difundida daba en esclarecer que las mujeres que se desenvolvían en los cabarets de primera provenían de Guadalajara y las que operaban en los de segunda provenían de Veracruz y Tabasco.

A la segunda categoría pertenecía: el Veracruz, propiedad del Ramón Cruz; La Abuelita, Propiedad de Micaela Alpuche. Sobre este lugar se cierne una leyenda negra aun para las liviandades de la zona. Se afirma que a petición de un rico empresario se protagonizaban espectáculos repulsivos al estilo. La Casita, propiedad de una señora conocida por el nombre de Josefina, y el Guadalajara de Noche. Los pequeños cuartuchos que se encontraban en los caminos de la zona solían tener en la puerta unos foquitos rojos que años después se tomarían en amarillos. Hasta nuestros días se pueden parecían construcciones de este tipo provenientes de esa época. Gente que trabajaba en los antros vivía en las inmediaciones de la zona, que en las mañanas, una vez terminada la romería, se tornaba silenciosa y desierta. Aquellos que aspiraban a mitigar los efectos de la noche anterior acudían al bar Jacarandas, próximo a la Ermita de Santa Isabel.

OTROS SITIOS SIMILARES

A pesar de la existencia de esta gran área destinada a la liviandad, florecían por distintos rumbos de la ciudad otros establecimientos con fines similares. A este grupo pertenecían el Blanco y el Negro, el Remember, Farolitos, Los Pinos de don Carlos Peniche, el “becerro de oro”; el Mausoleo, Zambulá, El Silencia, El Bosque y la legendaria casa Pietro Carvaiale (Pedro Carvajal).

EL GOBERNADOR Y EL CAPITÁN

Don Carlos Loret de Mola cerró la zona de tolerancia en uno de sus primeros actos de gobierno. Convencido de que uno de los atávicos problemas del pueblo de Yucatán era el alcoholismo, y de que la zona era fuente de problemas y desprestigio para la ciudad de Mérida, procedió a clausurarla definitivamente. Corría el año de 1970 cuando la ya envejecida zona fue desmantelada por un firme acto de autoridad. El operador de l medida fue el jefe de l policía del estado. capitán Leopoldo Castro Gamboa, quien tenía razones personales par encontrar venturosa la encomienda: en su familia había una dolorosa tragedia desencadenada por una falena.

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CANONICEMOS A LAS PUTAS de Jaime Sabines

Canonicemos a Las Putas. Santoral del sábado: Bety, Lola, Margot, vírgenes perpetuas, reconstruidas, mártires provisorias llenas de gracia, manantiales de generosidad.

Das el placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio sino unas monedas miserables. No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los lloriqueos, las reconvenciones y los celos. No obligas a nadie a la despedida ni a la reconciliación; no chupas la sangre ni el tiempo; eres limpia de culpa; recibes en tu seno a los pecadores, escuchas las palabras y los sueños, sonríes y besas. Eres paciente, experta, atribulada, sabia, sin rencor.

No engañas a nadie, eres honesta, íntegra, perfecta; anticipas tu precio, te enseñas; no discriminas a los viejos, a los criminales, a los tontos, a los de otro color; soportas las agresiones del orgullo, las asechanzas de los enfermos; alivias a los impotentes, estimulas a los tímidos, complaces a los hartos, encuentras la fórmula de los desencantados. Eres la confidente del borracho, el refugio del perseguido, el lecho del que no tiene reposo.

Has educado tu boca y tus manos, tus músculos y tu piel, tus vísceras y tu alma. Sabes vestir y desvestirte, acostarte, moverte. Eres precisa en el ritmo, exacta en el gemido, dócil a las maneras del amor.

Eres la libertad y el equilibrio; no sujetas ni detienes a nadie; no sometes a los recuerdos ni a la espera. Eres pura presencia, fluidez, perpetuidad.

En el lugar en que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea el burdel elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una lámpara y un vaso de agua y un pan.

Oh puta amiga, amante, amada, recodo de este día de siempre, te reconozco, te canonizo a un lado de los hipócritas y los perversos, te doy todo mi dinero, te corono con hojas de yerba y me dispongo a aprender de ti todo el tiempo.

Canonicemos a Las Putas. Santoral del sábado: Bety, Lola, Margot, vírgenes perpetuas, reconstruidas, mártires provisorias llenas de gracia, manantiales de generosidad.

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Das el placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio sino unas monedas miserables. No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los lloriqueos, las reconvenciones y los celos. No obligas a nadie a la despedida ni a la reconciliación; no chupas la sangre ni el tiempo; eres limpia de culpa; recibes en tu seno a los pecadores, escuchas las palabras y los sueños, sonríes y besas. Eres paciente, experta, atribulada, sabia, sin rencor.

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Eres la libertad y el equilibrio; no sujetas ni detienes a nadie; no sometes a los recuerdos ni a la espera. Eres pura presencia, fluidez, perpetuidad.

En el lugar en que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea el burdel elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una lámpara y un vaso de agua y un pan.

Oh puta amiga, amante, amada, recodo de este día de siempre, te reconozco, te canonizo a un lado de los hipócritas y los perversos, te doy todo mi dinero, te corono con hojas de yerba y me dispongo a aprender de ti todo el tiempo.
s el placer, oh puta redentora del mundo, y nada pides a cambio sino unas monedas miserables. No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los lloriqueos, las reconvenciones y los celos. No obligas a nadie a la despedida ni a la reconciliación; no chupas la sangre ni el tiempo; eres limpia de culpa; recibes en tu seno a los pecadores, escuchas las palabras y los sueños, sonríes y besas. Eres paciente, experta, atribulada, sabia, sin rencor.

No engañas a nadie, eres honesta, íntegra, perfecta; anticipas tu precio, te enseñas; no discriminas a los viejos, a los criminales, a los tontos, a los de otro color; soportas las agresiones del orgullo, las asechanzas de los enfermos; alivias a los impotentes, estimulas a los tímidos, complaces a los hartos, encuentras la fórmula de los desencantados. Eres la confidente del borracho, el refugio del perseguido, el lecho del que no tiene reposo.

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