
Hace más de 20 años hicimos una propuesta para que en los planes de estudio se incluyeran dos materias: una sobre la trova yucateca y otra sobre el español que se habla en Yucatán. No tuvimos éxito. Carlos Peniche Ponce vaticinó que nuestro español se iba perder, está teniendo razón; la trova se mandó a un museo y ha permanecido como producto para el turismo, lo cual no es malo. Pero el caso que los turistas no conservan y que la única forma es darle vida. Hace muchos años estuve en Granada y en Sevilla y me sorprendió como los jóvenes bailaban “ sevillanas “ y cantaban cante hondo, algo fascinante. El problema ha ido más lejos: ya no se llevan serenatas. Preciosa costumbre era la de llevar serenata y asumir el riesgo de que la luz no se encendiera. La trova yucateca nacía de la alianza de un poeta y un músico, esta confabulación daba como resultado que la poesía llegara a los talleres, a las fábricas y a los salones. La poesía nos revela misterios del universo y ejercita nuestra imaginación. Cuando la poesía llega con música se vuelve un estímulo para la felicidad. Se aplaude de pie la celebración de 3000 ediciones de la serenata de Santa Lucía, mítica plazoleta en la que se congregaban poetas y músicos. Y la ocasión es propicia para revivir la antigua petición: que nuestra música vaya también a las escuelas y que se luche porque las nuevas generaciones la hagan una forma de vivir.





